Tal vez el sueño de toda persona corriente sea tener enfrente al que gobierna su país y reclamarle justicia, carencias o inquietudes; exigirle el firme cumplimiento de sus promesas; decirle a la cara señor presidente, tengo una pregunta para usted. La Primera ha querido realizar lo irrealizable y ha adaptado este formato de la cadena gala TF1, para que cien ciudadanos seleccionados (sobraron, sólo pudieron intervenir cuarenta y dos) pregunten libremente a sus máximos jerifaltes, moderados todos por Lorenzo Milá, ese periodista galán de nuestra teleparticular. Desde TVE1 se ha dicho que no hay plantillas ni temario, sino incertidumbre frente a lo previsible y un asomo de primavera libertaria o prohibido prohibir, tal que un Mayo francés importado para la ocasión.
Inaugurando la cosa, estuvo José Luis Rodríguez Zapatero, presidente en minúscula, como un Bambi de juvenil talante que, al mirarse en el espejo de la gente, se descubre una arruga prematura y oscila entre el mitin moderado, la sonrisa electoral y el gesto adusto de estadista incipiente. Expuesto a cien almas, focos y filtros, emboscado en azul y rojo desleído (o sea, neoliberalchispasociata), estaba el gobernante imprevisto, acosado sin tregua por la oposición, los medios contrarios, la crispación-conspiración, cuando no por el simple disparate devenido dogma de fe para radioyentes, beatosdelmundo y tertulianos. Ahora ante el público, acaso se debatía entre mantenerse fiel al ideario socialdemócrata que pretende liderar o acatar la orden de su mando superior o Sistema (en mayúscula). De hecho, a ratos se perdió en sí mismo, tuteo incluido, y no supo rematar, entre otras, la difícil pregunta antimonarquía. En fin, lo hemos visto (y no visto) fiel a su discurso –qué empacho de logros y datos- y optimista hasta el delirio -80 céntimos un café, dijo; conclusión: el presi desayuna en la Facultad-. Se presentó cercano, pero borroso de tan lejos, ave migratoria, sesentayocho irrecuperable.
En el próximo programa, Mariano Rajoy, líder del PP, se enfrentará a la ciudadanía, esta vez sin banderas ni olé manifestante, sin Acebes ni Zaplana. La continuidad de su emisión -extendida a otros dirigentes y ámbitos no necesariamente políticos- depende de los índices de audiencia (de entrada arrasó: media de seis millones de telespectadores). De modo que si se cae de la parrilla, habrá que echarse a las barricadas, en plan piquete informativo y guerrilla publicitaria; convocaremos huelga general y su consiguiente manifestación sabatina -la calle al fin al abordaje de los medios-, o bien apelaremos al juicio de la pública, que nos debe esta apuesta democrática, este simulacro de realismo mágico venido a menos pero necesario. Ahora que hemos perdido la inocencia (Bambi era sólo un cuento y un dibujo animado de la Disney), se supone que nos ponen, a la altura de la mano, el cielo y la utopía rasante: ahora que ya apenas creemos en la eternidad y el cambio verdadero.