Lejos de una educación sentimental

Corrían los ochenta cuando se instalaron en Televisión Española los culebrones latinoamericanos, versión televisiva (sustitutiva) del serial radiofónico: Cristal, La dama de rosa, Esmeralda, Topacio… En definitiva, piedras preciosas. Con alguna honrosa excepción, como la colombiana Betty la fea (la original), el culebrón tiene poca ciencia: es simple cuestión de fe. Resulta obligatorio un cortejo de arquetipos sin fisuras: la criada confidente y sabelotodo de la casa, cuando no madre oculta y doliente tal que una Macarena; los malísimos sin perdón poniendo caras; los beatíficos novios o adúlteros o lo que sea, decentes hasta la médula, que caen (queriendo sin querer) en el pecado de la carne, venial porque es pecado de amor. Desde luego, no hay amores imposibles, pero sí final feliz impepinable (léase boda) y milagros por doquier: toda protagonista que se precie se embaraza a la primera; los niños sobreviven a toda adversidad (¿ignoran los guionistas la tasa de mortalidad infantil en América Latina?); el que mal obra recibe su justo castigo; como es lógico, triunfa siempre la bondad sobre la infamia; los pobres son mucho más felices que los millonarios, dónde va a parar, pues los ricos también lloran y encima se enamoran de los menesterosos: ya se sabe, el amor todo lo puede y además “yo no entiendo esas cosas de las clases sociales, yo sólo sé que me quieres como te quiero yo. Vámonos donde nadie nos juzgue, donde nadie nos diga que hacemos mal”, que cantaba María Jiménez en aquel sinvivir. Tal cual.

La Primera programa desde tiempos remotos su telenovela diaria a las cinco en punto de la tarde (“¡Que no quiero verla!”, Lorca dixit) y la actual se llama La viuda de blanco. Justo antes se emite otra de producción nacional, que merece artículo aparte, por sus presupuestos bien distintos y por su calidad, a años luz de las habituales. La que nos ocupa se ajusta a los tópicos (todos) y añade otros de cosecha propia: una asesina inocente, una suegra malísima, un vampiro que asusta pero es bueno en el fondo de su corazón. Ver para creer.

Ya en 1942, la investigadora alemana Herta Herzog identificó varias gratificaciones obtenidas por las amas de casa en el consumo de radionovelas: liberación emocional, búsqueda de ilusiones, consejo para enfrentar problemas cotidianos. Tal vez puedan hallarse aquí algunas claves del amplio seguimiento del serial romántico, pero cuesta justificarlo. Lejos de buenas adaptaciones como Fortunata y Jacinta, lejos de reflejar la complejidad de la familia contemporánea, lejos en fin de Flaubert y La educación sentimental, directamente en las antípodas, la telenovela viene a ser como un primer cuaderno de palotes para el niño de Educación Infantil (primer ciclo), es decir, didáctica de bajura. Luego, cuando la criatura crece, hay que ponerle ejercicios más difíciles, como copiar cien veces en renglones perfectos: “El amor es mentira, casi” o “No escribirás en vano la palabra amor”. Mientras tanto, esto es lo que hay: sobremesa de dormir, morir, tal vez soñar… Cuando mejor sería solamente vivir.

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