Fabricando el miedo

Los medios de comunicación audiovisuales son importantes productores y distribuidores de contenidos y significados, así como una fuente clara en la formación de la opinión pública que suele marcar en gran medida la agenda temática de la ciudadanía. No olvidamos que los medios muestran una realidad de lo real, pero no la realidad misma, y apenas permiten una mínima autonomía personal en un grupo reducido de personas, aquéllas capaces de realizar una lectura opuesta –David Morley- y selectiva, según factores determinantes como el contexto de la recepción. Teniendo en cuenta estas premisas, destacamos el poder decisivo que ostentan los medios para configurar la sociedad en sus esquemas mentales, preocupaciones, prejuicios y temores. En realidad, la violencia en los medios forma parte de una violencia cultural generalizada que se encuadra en un sistema económico y social con intereses propios. Desde el ámbito de la comunicación se ofrecen estereotipos, se trivializa la agresión, se infravaloran y airean las cuestiones privadas, se atemoriza a los ciudadanos con el espectáculo sesgado del dolor y el crimen y se utiliza hábilmente la desinformación. Al sistema global, en el fondo, le interesan dos aspectos básicos: mantener la economía de mercado y dominar la fuerza latente de las masas. Para conseguirlo sin grandes problemas, necesitan de la colaboración de las mismas, o más bien precisan mermar su resistencia. En este objetivo colaboran los medios, parte del mismo sistema y movidos por intereses similares. Estas cuestiones se exponen en el documental Bowling for Columbine de Michael Moore y han sido estudiadas por diferentes teóricos de la comunicación.

De acuerdo con el análisis de Pierre Bourdieu, la televisión (también la radio, añadimos) ejerce la violencia simbólica a través por ejemplo de los programas de sucesos donde los temas son tratados de forma sensacionalista -nos remitimos a Gente, de La Primera. La sangre, el sexo, el drama y el crimen también ocupan cada día las portadas de los informativos y son además elementos de distracción que “dejan de lado las noticias pertinentes que debería conocer el ciudadano para ejercer sus derechos democráticos”. Es decir, que los medios incluso pueden “ocultar mostrado”, dice Bourdieu, según lo demuestra la práctica común, al abordar los acontecimientos, de exponer lo más escabroso o espectacular, alejándose de la objetividad y lo real, cuando no procediendo a un tratamiento anecdótico del contenido. Ejemplos válidos: la desmesurada cobertura informativa que se ha ofrecido de la respuesta al precio de un café que dio el presidente de Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, anécdota que eclipsó por completo el resto de sus respuestas en temas de mayor calado; el seguimiento desmedido del asesinato de un alcalde en un pequeño pueblo de Huesca; o el espectáculo sobre la noticia más reciente acerca de la matanza en Virginia (en EEUU es todavía peor, todo el país está conmocionado y se extiende la idea de que el peligro acecha en cualquier parte, incluso en un campus universitario).

Por otro lado, queremos señalar que a esta violencia simbólica se suma la violencia visual que se observa en las imágenes impactantes que acompañan a las informaciones; y la violencia verbal, pues el uso del lenguaje no es ajeno a esta influencia: las imágenes se muestran con palabras aleccionadoras: matanza, escándalo, tumulto, fanatismo, etc. Algunos periodistas tampoco desdeñan el insulto gratuito y un tono de cruzada permanente, tal es el caso de Federico Jiménez Losantos desde los micrófonos de la COPE. O de la campaña orquestada desde esta cadena, junto a otras vías como el diario El Mundo, para fabricar una “teoría de la conspiración” en torno a los atentados terroristas del 11-M. Es más, en España el terrorismo de ETA se ha esgrimido desde los medios como el primer problema nacional (así se corrobora en algunas encuestas) cuando, sin despreciar su importancia, se trata de un tema que afecta a los españoles menos directamente que otros como la pérdida de poder adquisitivo, la vivienda o el paro.

En este panorama, los medios van fabricando una realidad amenazante y peligros ficticios o residuales. Más que informar sobre la violencia, practican la violencia e influyen en la percepción que se tiene de este concepto. Nos gustaría que, incluso a costa de los índices de audiencia, los medios fueran cuidadosos al editar y emitir ciertos contenidos particularmente susceptibles de interpretación y que atendieran más a la formación e información que al mero entretenimiento, el espectáculo morboso y la captación de un público inerme frente a su enorme poder de persuasión. Particularmente debiera tenerse en cuenta el proceso de tratamiento que se lleva a cabo usando las armas de la selección, el énfasis y la exclusión de lo noticiable. Y sobre todo se trata de una exigencia ética que debemos hacerle a nuestros medios públicos, es especial a Televisión Española.

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