Eurovisión: La conquista de la Perestroika

Un año más, la representación de España en Festival de Eurovisión ha resultado pésima, cuando no patética, incluso valorándola con el optimismo del vaso medio lleno. Nuestra modesta petición de competir para ganar o por lo menos subir al podio alguna vez no parece ser importante para nuestra querida TVE. La vigésima posición de 24 posibles resultados de este año con el grupo D’Nash no dista mucho de lo conseguido en ediciones anteriores, una evidencia si recordamos temas como Bloody Mary de Las Ketchup, o Brujería de Son de Sol. Para no recordar. Así nos conformamos, sin entrar en competencia, si es que existiera en este concurso, porque se comenta sotto vocce cierto complot de los países del Este a fin de convertirlo en el Festival de Europa del Este: algo así como una perestroika pop, herencia musical de la política aperturista de Gorbachov: Estonia, Ucrania, Armenia, Bielorrusia… Ganó Serbia, al fin y al cabo casi una ex república más de aquel extenso mosaico soviético.

Televisión Española ha querido buscar una forma atractiva para seleccionar la canción y la imagen que represente a nuestro país en la Europa cantarina, con la idea de “potenciar” y “profesionalizar” el festival, pero intento tras intento todo ha quedado en una estética viciosa a la búsqueda de audiencia, al tiempo que se daba la espalda al acontecimiento y los resultados no cubrían las expectativas. TVE perdió audiencia tanto en las sesiones previas de selección como durante el concurso (28% de share frente al 80% conseguido con la actuación en 2002 de Rosa y su Europe’s living a celebration). Lo cual no deja de ser una contradicción cuando han sido precisamente los espectadores quienes han seleccionado la canción. Todas las circunstancias que acompañan al festival en España, desde las canciones aspirantes y la selección hasta la representación misma, han resultado nefastos, pues la pública no ha logrado ni que se cumpla siquiera con el mínimo objetivo de “quedar bien” en ese territorio ahora más amplio que nunca, que se extiende de norte a sur y de oeste a oriente hasta Turquía o Israel: ya medio mundo quiere pertenecer al viejo continente, está claro, ya sea por vía eurovisiva o a través de  precaria navegación en pateras y cayucos.

Ahora parece que TVE y nuestra música se han dado cuenta de que a veces es mejor dar un paso atrás y recuperar la antigua usanza, así que volveremos a la selección interna. Y por qué no volver a las raíces de la música española que se han perdido en los últimos años: ese flamenquito, una copla pantojil, la rumba made in Spain o aquellas baladas de desgarro y desamor que nos inundaban como una ola; por qué no volver al La La La ganador de 1968 con Massiel. Y volver, volver, volver, a tus brazos otra vez, o sea. En fin, mirando al pasado o encarando el futuro, de lo autóctono a la globalización, se admiten propuestas salvadoras y se ruega al personal poner velas a todo el santoral patrio con miras al próximo año. Inventemos un nuevo rock sinfónico, innovemos con un rap autonómico y triunfemos con un blues agropop. Es decir, vayamos a la conquista de la estepa siberiana, al descubrimiento de Laponia, al abordaje del Imperio Austro-Húngaro y a la cristianización del Oriente Próximo. O simplemente no vayamos.

Leave a Reply